lunes, 9 de enero de 2012

YO RECUERDO.

Por María Gómez.

Porque hay películas que casi podríamos añorar aún sin haber visto…
Amarcord quiere decir “yo recuerdo” en el dialecto de la región italiana Emilia Romagna, de la que Fellini procedía.
Me pregunto si esta película trata sobre los recuerdos de Fellini o sobre los recuerdos de quienquiera que pronuncie ese “yo recuerdo”… Se dice que de las películas de Fellini, Amarcord es la más autobiográfica. Pero cualquiera que la viera sin tener idea de quién fue Fellini o qué significa “a m´arcord” podría reconocerse en ella.
Creo que Amarcord es una de esas películas que no caducan. Una de esas películas que soportan el paso del tiempo, que pueden verse tanto hoy como en los años setenta. Y de la misma manera puede verse en diferentes momentos de la vida sintiendo, con la misma intensidad, que te toca, te mueve, te habla. Probablemente lo que a uno le diga cambie, por la misma razón por la que no se es el mismo a los veinte que a los cincuenta. Quizá también cambie lo que en 1973 llamara más la atención con respecto a lo que pueda llamárnosla hoy (aunque no creo que lo haga tanto). Pero lo importante es que es una película que sigue viva.
Quizá porque trata de los recuerdos recreando una época de juventud, cualquiera podría verse en ella. Y por tanto cualquiera podría aprender con ella algo sobre el cine y su lenguaje, sobre los demás, o sobre uno mismo.
Podemos verla yendo de lo general a lo particular para acabar pensando en nuestra propia vida. O podemos, a partir de nuestra vida, reconocer las generalidades, lo que se repite de generación en generación, lo que compartimos con otros, lo que nos hace humanos. Lo que nos emociona, nos agita, nos desvela, nos inquieta, nos preocupa, nos hace gracia, nos atrae, nos vuelve locos. Se pueden identificar en esta película pasiones y sentimientos que todos tenemos, que vienen de lo cotidiano, y que Fellini recoge y refleja con una magia especial. Está llena de sorpresas, de juegos, de poesía, de humor… Es un trabajo personalísimo de un director que demuestra que se puede hablar de algo compartido y plural con una ironía, ritmo y alegría capaces de combinar perfectamente una visión jovial y desenfadada de la vida con una sabia madurez para nada moralizante…
Sus personajes y situaciones no pasan de moda: Las inquietudes y los sueños adolescentes; las fantasías, los descubrimientos, los deseos y la manera en que se crece con ellos; cómo éstos nos trasforman, o como les damos forma a ellos… Y como Fellini utiliza este desfile de personajes para construir una reflexión crítica con todos los niveles de la sociedad italiana de los años treinta es algo que no se puede pasar por alto, pues ni la iglesia, ni la educación, ni el régimen fascista escapan a su mordaz caricatura.
Por su vigencia, su ironía, su lucidez y la manera en que en esta película se traban la forma y el contenido- guión, ritmo y fotografía- pienso que es conveniente que no la guardemos en el baúl de los recuerdos. Que nos refresque la memoria con su genial irreverencia y que haga pensar a los chavales que ahora ocupan los pupitres.

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