lunes, 27 de febrero de 2012

EL MONOLITO EN EL INSTITUTO

Por Alba Ceide


Lo atractivo de la ciencia ficción reside en alejarse del argumento y llegar a elucubrar sobre futuros indescriptibles. Un detonante que impulsa la mente hacia otras fronteras jamás exploradas lanzando al espacio las preguntas sin respuesta que tanto han fascinado a la psique humana.
La sed de conocimiento del hombre es insaciable y la ciencia ficción permite esas reflexiones, en ocasiones descabelladas, que nos inquietan. La adolescencia desafía los dogmas con posibilidades que unos años más tarde tintaríamos de pueriles. Alimentar la mente juvenil con relatos de ciencia ficción no sólo puede ser enriquecedor si no que resultará fascinante.

Por ese motivo me aventuraría a proyectar en un instituto “2001, Una Odisea del Espacio”. Desde luego acompañado de la lectura de la novela de Arthur C. Clarke.
Imagino que lo interesante sería desarrollar una unidad didáctica en torno a ello. ¿Por qué no? Hay mucho material disponible al respeto. Quizá, la unidad debería comenzar con unos breves destellos sobre su argumento. Destellos que no serían más que: “Vamos a ver una película sobre unos monos que evolucionan”. ¿Sería necesario decir más? No.
Pero nosotros si podríamos ahondar más. “Unos monos que evolucionan con la ligera ayuda de…”
He aquí la cuestión principal en las tertulias de café. Desde luego, este aspecto es despejado en la novela de Clarke, pero Kubrick no lo deja tan claro. De todos modos podríamos repasar ciertos datos del film para completar la anterior sentencia y descubrir quién se ha dedicado a esparcir losas por el espacio.


Lo primero que hay que tener en cuenta es que ha aparecido un inmenso ladrillo negro sobre las rocas. Si hasta el momento, los seres vivos más evolucionados del Planeta Tierra eran los mono-humanoides, malamente una tortuga o un escarabajo pelotero podrían haber construido tal cosa. Pero nuestra estupefacción inicial se vuelve fascinación cuando una segunda losa (TMA-1, Tycho Magnetic Anomaly One) aparece sobre la superficie lunar. Es descubierta por unos mono-humanoides que han sido capaces de embutirse en trajes espaciales. La pandilla primate de Moon-Watcher ahora es capaz de desplazarse entre los planetas y ha conseguido alunizar en el cercano satélite.
Ahora sabemos que fuera lo que fuese el ente, cosa o ser que repartió las losas espaciales no sólo debe de ser más antiguo que el hombre si no que su nivel tecnológico y cognitivo le permite adaptarse al espacio. Es una reflexión obvia. Pero más importante es recordarla.
El ladrillo negro que encuentra Dave resulta todavía más esclarecedor. Y si atendemos a los momentos puntuales en los que aparecen estas oscuras construcciones quizá descubramos su razón de ser.
Mono-humanoides primitivos. Humanos en la luna. Dave en la puerta de las estrellas (siguiente losa en la órbita de Saturno para Clarke, Júpiter para Kubrick)


Hace unas semanas escuché otras opiniones sobre el argumento de “Una odisea espacial”. Hasta ese momento jamás había pensado en Dios como posible constructor de tales arquitecturas rectangulares. Sigo sin pensarlo. Pero lo cierto es que fuera Dios o una civilización alienígena superior quien insuflara el espíritu evolutivo en los primates, el discurso no cambia en absoluto. Seguimos hablando de evolución. Dudo que la intención de Kubrik fuera el creacionismo. Y mucho menos el creacionismo evolutivo. En el caso de que el director hubiese tratado de representar a Dios por medio de una estructura geométrica no lo haría sin la evolución de su ser. Del mismo modo que los alienígenas de Clarke han evolucionado, Dios habría comenzado siendo un primitivo ente que habría llegado a un nivel superior. Un retazo de humor, incluso en “El Árbol de la Vida”, la madre señalaba al cielo indicando la morada de Dios. Allá entre las estrellas. Más allá de la órbita de Saturno. Más allá del Sistema Solar y de la Vía Láctea. Quien busque el final del camino jamás lo encontrara en Dios.


Uno de los aspectos básicos de la educación es mostrar que no siempre hay una respuesta. Que en muchas ocasiones no llegamos a discernir lo que hay más allá de la punta de nuestra nariz. Este no debe ser el motivo por el que establezcamos límites invisibles para tratar de calmar nuestra insaciable sed de curiosidad.
No hace mucho he visto el documental “El Universo de Stephen Hawking” en el que el científico decía: “Hemos descubierto más acerca del cosmos en el último siglo que en toda la historia de la humanidad. Finalmente estamos resolviendo los misterios básicos que dejaron perplejos a nuestros ancestros durante al menos doscientos mil años. Lo que más me gusta de todo es que los hechos son increíblemente sutiles y sorprendentes”. Acerca de la teoría que expone en el documental: “En mi opinión una historia fascinante y mucho más extraña que cualquier explicación que hubiesen pensado nuestros antepasados”
Resulta fascinante el planteamiento de “2001” en el que un Dave muere para dejar paso a un Dave inmortal. Conocimiento puro. Quizá el último estado evolutivo para el hombre. El último que tuvieron los alienígenas que ayudaron al desarrollo cognitivo de los primates. Nuevamente, Hawking: “Cuando entendamos realmente por que existe el universo. Puede que entonces, cuando por fin hayamos resuelto el enigma cósmico y nos convirtamos en masters del universo, del nuestro y del de al lado”
La película “2001, Una odisea del espacio” puede ser una potente herramienta interdisciplinar para hablar de evolución. Acompañado de la novela de Arthur C. Clarke, de su relato “El centinela” y por que no, de “El hombre que evolucionó” de Edmon Hamilton.
Incluso permite acercarse a la inteligencia artificial, que no se ha tenido en cuenta en el presente escrito. Quien desee hacerlo, que lo discuta con Cleverbot.

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