viernes, 2 de marzo de 2012

EL PERFUME


Por María Gómez.

Por supuesto que cualquier película se percibe. Pero rápidamente pasa a través de nuestros ojos y pone en marcha toda clase de mecanismos emocionales e intelectuales (pero no siempre sensoriales) sin que nos demos cuenta de ese “paso por nuestros ojos”. Viendo cine es difícil ver el acto mismo de ver -sin hablar de lo difícil que resulta tocar, oler o gustar, viendo-,  pues no todas las películas ponen de manifiesto la importancia del proceso perceptivo.
Cuando vemos una película, en la oscuridad de una sala, nos convertimos fácilmente en otros, dejando atrás nuestro cuerpo. Tenemos la capacidad de olvidarnos de nosotros y proyectarnos en los personajes reflejados en la pantalla. Nuestra percepción, nuestra capacidad de abstracción y nuestra habilidad en la lectura de imágenes son sofisticadas hasta el punto de posibilitar que nos introduzcamos en la historia de la que estemos siendo testigos. Y por ello es tan difícil darse cuenta de cómo nuestra mirada mira hacia adentro…
Así pues, propongo la película de El perfume, no solo por las muchas posibilidades que ofrece para un trabajo transversal e interdisciplinar,  sino porque creo que funciona especialmente bien para hacernos partícipes, con nuestros sentidos, de lo que se cuenta. Y porque nos hace darnos cuenta de cómo incluso cuando vemos algo por primera vez, podemos reconocer y compartir muchas experiencias gracias a nuestra propia memoria sensorial.
Destaca en esta película el llamamiento a los sentidos a través de la imagen: su manera de apelar al sentido del olfato desde el poder de evocación de la imagen y la descripción que hace, desde sí misma, del fenómeno de la sinestesia.
La sinestesia en sentido psicológico es la imagen o sensación subjetiva, propia de un sentido, determinada por otra sensación que afecta a un sentido diferente.
Tal vez, entender lo que es esta sensación explicándolo con palabras sea posible porque, al hacerlo,  se pongan en marcha mecanismos sinestésicos  que conecten sonidos con imágenes e ideas (lenguaje). Pero de lo que no hay duda es de que esta película se construye poniendo en juego este fenómeno constantemente. Por eso pienso que define lo que es la sinestesia de manera sinestésica, y eso la dota de una suerte de lógica interna que nos llena de placer descubrir.
Para el cine es todo un reto llevar a la gran pantalla una novela como la de Patrick Süskind, quien, con su relato, conseguía hacernos oler. Leyendo su novela podemos apreciar olores conocidos, otros en los que no solemos reparar, y otros que yacían olvidados en nuestra memoria olfativa. Su gran logro es el de hacernos soñar con un mundo por descubrir: un mundo lleno de nuevas fragancias y olores que incluso sin conocer ya “nos hacen la boca agua”.
En este sentido la película se ciñe a la novela homónima. Sin embargo la manera de evocar el efímero mundo de los olores se plantea de manera radicalmente distinta en uno y otro, pues no se accede a él de igual modo mediante la palabra que a través de la percepción visual. Mucho podría hablarse pues de cómo se ha resuelto el problema de la adaptación del libro,  de lo condicionada que queda nuestra visión de los personajes por cómo se nos presenten ( en función del medio por el que son percibidos) y la importancia de la imaginación en el caso de la literatura. Pero, para centrar la cuestión y dar un paso, desde el reconocimiento y la valoración de lo sensible en esta película, hacia lo que de esta historia tiene más que ver con la razón, no voy a quedarme en este punto.
Me interesa señalar los muchos niveles de lectura que tiene esta película, y la riqueza que podemos extraer de cada uno de ellos.
Tanto la novela como la película son un buen pretexto para acercarse al contexto histórico, social y cultural de la Francia del siglo XVIII, unos años antes de la Revolución.
Podemos empezar por preguntarnos porqué Süskind eligió ese lugar y esa época para situar a su protagonista, si la historia de un asesino puede ubicarse en cualquier momento. Desde luego no parece deberse a que el mundo de los olores tuviera más importancia en el siglo XVIII que en cualquier otro. Pero sólo ese momento hace posible situar a Grenouille junto a otros monstruos geniales, como De Sade, Sain-Just, Fouché o Napoleón .

“En el siglo XVIII vivió en Francia uno de los hombres más geniales y abominables de una época en que no escasearon los hombres abominables y geniales. Aquí relataremos su historia. Se llamaba Jean-Baptiste Grenouille y si su nombre, a diferencia del de otros monstruos geniales como De Sade, Sain-Just, Fouché, Napoleón, etcétera, ha caído en el olvido, no se debe en modo alguno a que Grenouille fuera a la zaga de estos hombres célebres y tenebrosos en altanería, desprecio por sus semejantes, inmoralidad, en una palabra, impiedad, sino a que su genio y su única ambición se limitaban a un terreno que no deja huellas en la historia: al efímero mundo de los olores."


En este contexto presentar a un personaje como Grenouille se hace mucho más significativo: con el debate sobre la naturaleza moral del hombre abierto –por aquel entonces planteaba Rousseau que el hombre es bueno por naturaleza a través del mito del buen salvaje- sitúa Patrick Süskind a nuestro protagonista. Grenouille, que ha crecido alejado de los hombres, parece haber sido un monstruo desde el mismo principio de sus días. “Eligió la vida por pura obstinación y por pura maldad."
Un personaje tan depravado y maldito - que no sigue más reglas que las que su propia ambición le dicta,  que ansía capturar los olores, para combinarlos y hacer que de ellos resulte una belleza tan sublime que haga a la gente amarle- parece lejos de la concepción roussoniana del hombre. Pero su comportamiento se acerca, en cambio a las ideas de Jonathan Swift (podríamos ver el parto de la madre de Grenouille en el mercado de pescado a la luz de la modesta proposición de Swift)  o Thomas de Quincey sobre el asesinato. Este último defendía- en clave de humor- que cuando el asesinato está cometido y no podemos hacer nada por las víctimas, debemos dejar de considerarlo moralmente y pasar a juzgarlo como obra artística según las leyes del buen gusto.












 

  




 


De modo que esta historia, que se nos presenta con la sencilla apariencia de un cuento, (acusando sus rasgos más fantasiosos, como los catastróficos desenlaces de las personas que rodean a Grenouille cuando él se aleja de ellos, los temblores en París…) es un perfecto pretexto para acercarse a la historia, a la literatura, a la filosofía y al arte. A partir del mundo de las sensaciones podemos adentrarnos en el escabroso terreno de la historia del XVIII, que pese a la luz de la Ilustración, permanece todavía en la penumbra.

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