sábado, 3 de noviembre de 2012

Die Welle, o los profesores que quieren cambiar el mundo


Por Pablo García Romano

Denis Gansel dirigió en 2008 este film en Brandenburgo, Alemania, y supuso un alto éxito de taquilla, a pesar de tocar de manera tan directa un tema tan tabú para los teutones como es el Tercer Reich y las causas sociales y de manipulación de la población que llevaron a Hitler al poder a través de unas elecciones.
Es el tipo de largometraje que funciona por si mismo y es lo suficientemente explícito (a pesar de sus sutilezas) como para que no haga falta explicar nada del argumento principal, el relacionado directamente con el nazismo y sus infinitos paralelismos con la clase de instituto que nos presenta Gansel.


 Sin embargo el siguiente tema que hay por debajo es igual de interesante: la educación. Concretamente las técnicas de educación modernas o con pretensiones de innovar e implicar a los alumnos de manera activa y participativa, incluso, como en este caso, asumiendo roles de comportamiento de manera dogmática.
El suceso está basado en el experimento de Ron Jones en Palo Alto en 1967, y aunque la película lo lleva más allá por una cuestión de efectismo (puro guión, vaya) da unas nociones bastante claras sobre cómo una metodología que incluye juegos de rol o manipulación del individuo puede afectar a jóvenes con alguna inestabilidad emocional como la necesidad constante de ser aceptado por un grupo social determinado.


Esto junto a un profesor que esté más interesado en sus proyectos o experimentos pedagógicos y lo anteponga a las necesidades reales de su grupo de alumnos puede derivar en un verdadero problema si no asumimos que en la etapa de los 13 hasta los 19 años (y en algunos casos incluso más allá) el adolescente está aun conformando su personalidad, y manipularlo puede tener consecuencias directas; por hacer un símil, una persona adulta a la que manipulamos en un juego de rol sería como una de esas pelotas ‘antiestrés’ que recupera su forma pasado cierto tiempo dependiendo de la fuerza con que la apretemos, pero un adolescente con carencias afectivas, con poca inteligencia emocional o analfabeto funcional puede ser como una bola de arcilla sobre la que, si presionamos, deformamos en algunos casos de manera irreversible, y asumir como modelo de comportamiento lo que se preveía que él iba a entender como ejemplo de lo contrario.


Como siempre, la clave no está en la enseñanza mediante manipulación, sino en la capacidad de dar opciones al adolescente, o dicho de una manera más simple: si quieres que tu hijo sea ateo, llévalo a un colegio de monjas. Las decisiones lógicas se toman por uno mismo.

La peli completa:

http://www.youtube.com/watch?v=G-bJ-zpBXLc

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