viernes, 7 de febrero de 2014

Sinfonía de ilegales

Por el Guerrero Gerónimo

Sinfonía de ilegales (Opus desesperado para piano, violín, guitarra y bandoneón).  Un film de José Luis de Damas.
Es sorprendente como una sola visita al médico, cambia  el rumbo de la vida de una persona. Es lo que le ocurre a nuestro personaje principal  Julio de Lomas, maestro en el conservatorio de Música de Madrid (Miguel  Molina). En los primeros días del resto de su vida, decide reunirse con su mejor amigo Alberto (Tito Delgado), para detallarle desde las entrañas, su última voluntad como objetivo de razón vital: crear una sinfonía. Una sinfonía con músicos sacados  de las mismas calles de Madrid: la sinfonía de los “ilegales”.
A partir de este momento, la voluntad y el tesón se cobijan en la sombra de la mortífera enfermedad de Julio, junto una cámara “casera” que portará su eterno amigo en un viaje sin billete de vuelta, pero con tiempo… ¿el suficiente?
Es el “hilo” argumental para unir ficción y realidad, (a momentos  documental) que llena de savia y veracidad la historia. Desde un punto de vista sincero, delicado y sensible,  el director (José Luis de Damas Medina) nos invita a un viaje donde nos sumergimos en las vidas de sus personajes; lo que dejaron atrás, sus anhelos y sus inquebrantables ansias por flotar, donde sus llantos y clamores quedan disimulados en sus apacibles melodías. Una de esas melodías tiene nombre y apellidos propios: Daniel Costea. Natural de Rumanía, y se expresa desde su más recóndita intimidad con el violín. Y es que el instrumento también entiende de pena, porque no solo puede reducirse a su concepción técnica. Lo mismo les ocurre a la rioplatense María Gómez, profesora y Premio Nacional de guitarra y al tercer miembro, Efraín Scheinfeld con su bandoneón bonaerense. Este film, y por caprichos del imperecedero destino, concibe el encuentro de  estos artistas “ilegales” en esta vida tan desatenta.


Julio, nos irá desgranando la obra iracunda con una seria incursión en el proceso creador de cada uno de ellos: como personaje, historiador  e interlocutor. Y como “roadmovie”, pasaremos por ciudades como Barcelona, Madrid, Venecia y Buenos Aires, entre otras.
Una cualidad particular de constar en este mundo es el otro amor de Julio, un centello pasado, es Isabella. Pero algo sin embargo queda, y que advertimos en la inefable relación que aún conservan: ella, a través del contestador automático. Él, a través de su música. La otra música no nos deja nada indiferentes: Se percibe por parte del  director, una vez más, la primordial importancia que le otorga: está realizada magistralmente por el barcelonés Luis de Arquer, e inunda  la atmósfera de la película desde los albores de la misma. Siempre intenso en  su piano. Siempre fiel a la trama. Destaca también la participación de la orquesta Sinfónica Estatal de Rivne (Ucrania). Todo de un cuidadoso sumario sonoro.
La fotografía (Jerónimo Molero) es destacable. Unos encuadres bastante acertados a los que se unen los buenos usos del color, tanto fríos como cálidos, siempre acordes en el énfasis de la “acción”.  Los insertos “realistas” (grabados en miniDv), dan cierta riqueza al ritmo narrativo y dotan al film de valiosa franqueza, naturalidad y realismo. Quizás algún espectador quedara a ratos desconcertado entre “planos-clave” realistas y los de ficción. Pero en líneas generales, el guion está acertado y perderse de la trama principal, a priori, no está contemplado.


No hay duda cualquiera, de que  los temas transversales suponen una ocasión de globalizar la enseñanza por su alta relevancia social y su subrayada dependencia con la educación en valores. Aquí se dan cita temas como la amistad, el amor por las artes y la música que, según palabras del director: “…nosotros nos la llevamos de cualquier manera; gratis o dejando a cambio algunos céntimos, pues ellos la lanzan al aire, no la expenden tras fríos mostradores, para que los oídos y las almas de la ciudad, tengan o no tengan con que pagar, crezcan en la esperanza…”. El respeto a las demás personas sea cual sea su origen, raza o religión. La lealtad a uno mismo y el tesón de conseguir el anhelado objetivo. Al menos “morir” en el intento. Reconocer y ser  conscientes del poder  inherente que tiene el Arte. Aquí, en este peculiar encuentro, une a personas. Se impulsa el trabajo en equipo. El Arte no debería ser exclusivista: es para el disfrute de todos.
Tampoco queda indiferente la importancia de la formación humanística, como la “source” de la formación del individuo a persona. Como tampoco esa generosidad espontánea, que se pone de relieve enfrentándose a ese mercantilismo, de capital casposo y destructor de valores.
La diversidad viene inherente en los seres humanos como las notas en un pentagrama. Los “personajes” de esta película son inmigrantes ubicados en una clara desventaja sociocultural,  y sus historias están basadas en hechos reales.  España, hoy por hoy, se ha convertido en un país de destino para muchos de ellos, y al parecer, para algunos es un problema cuando debería ser un hecho.


Según el concepto de anagnórisis, “una revelación altera la conducta del personaje y lo obliga a hacerse una idea más exacta de sí mismo y de lo que le rodea”.  Es el caso de Julio, el protagonista. Pero Julio somos todos. ¿Tendremos que esperar una anagnórisis de índole similar para darnos cuenta de lo que nos envuelve? ¿Ciertamente es así?  En fin, cine minoritario y vital.

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